Bienal de Venecia: Matías Duville, el artista argentino en la mira del mundo
VENECIA.- Salió el sol para ...
VENECIA.- Salió el sol para Matías Duville, el artista argentino elegido para representar al país en la 61ª Bienal de Venecia, y va más allá del sentido metafórico. Hoy a las 17, la Sala de Armi, donde se ubica el Pabellón Argentino en los Arsenales, estuvo rodeada de una multitud: gente de todas partes, artistas, coleccionistas, amigos y, también, la madre de Matías que llegó desde Mar del Plata y disfrutaba como todos de este momento consagratorio. Todos lo dicho parece poco si se toman las palabras de los primeros visitantes que vieron la gran obra Monitor yin yang y el impulso que, de pronto, por el boca a boca, que es clave en estos días, corrió por los pabellones de Giardini y los Arsenales.
La instalación site specific, “el dibujo más grande de mi vida” (como había dicho Duville a LA NACION cuando se anunció su nombre como representante del país), está hecho con líneas de carbón molido sobre un manto de sal: montañas, caminos, objetos, horizontes. El público puede transitarlo y dejar sus huellas y, así, la obra irá mutando con el paso del tiempo hasta el cierre de la Bienal, el 22 de noviembre.
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En el acto oficial, el secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli, celebró el lugar ganado por el arte argentino en el mundo y en esta biennale, impulsado desde Cancillería y apoyado por el sector privado. Cifelli recordó que la cultura abre puertas y da enormes oportunidades para nuestros creadores que, ajenos a toda crisis, siguen adelante.
El cónsul argentino en Milán (que tiene jurisdicción sobre la región del Véneto, donde se encuentra Venecia), Ricardo Lachterman, subrayó que la obra de Duville “es una conversación de la que participamos todos, la obra está terminada pero está también en acción. Caminamos, no más de 15 personas al mismo tiempo, por ese sendero de sal y carbón que a cada uno nos deja un sentido una impresión diferente”.
Ha sido una gran aventura con final feliz y hay enormes expectativas de que Monitor yin yang se lleve los premios, que este año será el resultado de la votación del público, siendo que el jurado ha renunciado, en total desacuerdo con la decisión tomada por Pietrangelo Buttafuoco de incluir a lo pabellones de Rusia e Israel.
Después de recorrer los pabellones de Arsenales y el Padiglione queda clarísimo el empuje disruptivo, el sacudón formal que ha significado una obra que, por lo pronto, modifica la estructura del pabellón de 500 metros cuadrados, con absoluto respeto y con asombroso resultado.
Acompañaron a Duville en este día histórico para el arte argentino su madre, su hermano Pablo, autor de la música que cierra de una manera cómplice y serena la obra del artista; y el director de Barro (la galería que lo representa), Nahuel Ortiz Vidal. El galerista ha sacado la sortija con un artista inspirado, audaz, solidario con el equipo que formó con Josefina Barcia, brillante y discreta, curadora graduada del Bard College, que admite en diálogo con LA NACION que “este es un trabajo de todos, esta obra tiene que ver con el territorio, una mirada desde el sur, un territorio transitable por todos, es un dibujo que se hizo de manera colectiva, es importante escuchar y escucharnos”.
La relación entre el dibujo y la música es una cuestión de sangre: Pablo y Matías Duville se entienden sin hablar. “Matías me da una imagen y yo tengo que poner el sonido, no quiero mirar la obra quiero imaginar lo que él me dice, a último momento se funden música e imagen, no hay una historia. Cuando uno se imagina algo sin verlo pasan otras cosas, porque todo sucede adentro de uno. Podríamos haber hecho un hifi tremendo, pero decidimos que queríamos hacer esto”. Muy en línea, hay que admitir, con el libreto que legó la directora africana Koyo Kouoh, fallecida hace exactamente un año: In minor keys (“En tonos menores”).
¿Y qué le pasa al artista (Buenos Aires, 1974) instalado en Venecia en este momento de gloria? “Siento que es un pequeño renacimiento, como pasa con la música te mantiene en tensión. Siento como un reseteo, como si fuere salir del statu quo, se abre un nuevo sendero. De esto se trataba –pienso-, de encontrar un punto. Tiene todo que ver con esta plataforma increíble que es Venecia, como si fuera un Shangri-La del arte, como algo del más allá que me dice vení. Soy una espectador más y no me puedo ir de este tempo, es el flow infinito. Es un terreno vasto, un descampado que puede ser conquistado”.
Siete de la tarde en la Sala de Armi, visitantes silenciosos caminan por la sal y contemplan el dibujo de carbón vegetal. Algo extraño se siente en la unción puesta en el recorrido. Nos asomamos a un mundo nuevo, en tonos menores, donde cada uno es espectador y protagonista al mismo tiempo.
Un viento que viene del mar corre en la tarde primaveral. Allí están el secretario Cifelli, el cónsul Lachterman, Fabián Perechodnik, Victoria Noorthoorn (directora del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires), Amalia Amoedo, presidenta de su Fundación, Erica Roberts y Wood Staton,Teresa Bulgheroni, Pablo Reinoso, Diego Costa Peuser, Lupe Requena, Jose Luis Lorenzo, La Chola Poblete, Mariano Roger y los Babasónicos, Veronica Zoani, Marta Minujin, Sonia Becce, Leo Chiappa, Oscar Smojlan, Cristina Sommer, Eduardo Basualdo, Flavia Da Rin y entre otros.