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El éxito de “la reina del Flow”, la experiencia con ayahuasca y el difícil camino hacia la maternidad: Carolina Ramírez, detrás del furor

Carolina Ramírez lleva casi una década habitando a Yeimy Montoya, el personaje que la convirtió en una de las actrices colombianas más reconocidas de Latinoamérica. Desde que comenzó a grabar...

El éxito de “la reina del Flow”, la experiencia con ayahuasca y el difícil camino hacia la maternidad: Carolina Ramírez, detrás del furor

Carolina Ramírez lleva casi una década habitando a Yeimy Montoya, el personaje que la convirtió en una de las actrices colombianas más reconocidas de Latinoamérica. Desde que comenzó a grabar...

Carolina Ramírez lleva casi una década habitando a Yeimy Montoya, el personaje que la convirtió en una de las actrices colombianas más reconocidas de Latinoamérica. Desde que comenzó a grabar La reina del flow, en 2017, atravesó divorcios, mudanzas, nuevos proyectos, una pandemia, temporadas de éxito y también una larga búsqueda para convertirse en madre. Hoy, a los 41 años, transita una etapa que define como uno de los momentos más felices de su vida junto a su pareja, Martín y a Sur, su hijo de tres meses.

La maternidad aparece una y otra vez durante la charla: la culpa, el puerperio, la lactancia y cómo reorganizó su vida profesional desde que nació su hijo. En medio de la conversación, incluso, interrumpe unos minutos la entrevista para darle la mamadera a Sur, con quien llegó al estudio de Infobae. El episodio, breve y cotidiano, resume buena parte de su presente: una actriz con una carrera consolidada que ahora acomoda sus tiempos a las necesidades de su bebé.

En paralelo, volvió a ponerse en la piel de Yeimy para reencontrarse con el público argentino. La reina del flow tuvo un gran recibimiento durante su paso por el país, con dos Movistar Arena llenos y miles de fanáticos que volvieron a cantar las canciones de la serie junto a sus protagonistas. Para Carolina, regresar con ese personaje que interpreta desde hace casi diez años es mucho más que retomar un papel: es reencontrarse con una historia que ya forma parte de varias generaciones y que, a pesar del paso del tiempo, nunca terminó de soltarla.

Pero detrás de la actriz y de la mujer que acaba de convertirse en madre hay también una historia de búsqueda personal. Carolina cuenta que durante años quiso tener un hijo, atravesó pérdidas y tratamientos y llegó a pensar que quizás la maternidad no iba a suceder. En ese camino recurrió también a herramientas espirituales. Entre ellas, una experiencia que nunca había contado públicamente: el año pasado tomó ayahuasca junto a sus padres. Según relata, aquella ceremonia le permitió dejar de ocupar el lugar de “madre” de su propia familia y volver a sentirse hija. Tres meses después quedó embarazada de Sur y se abrió un nuevo capítulo en su vida.

—Hermoso recibirte. Qué fenómeno La reina del flow, por favor.

—Impresionante, no lo puedo creer realmente. Soy vieja con esto (risas). Imagínate que empezamos a grabar en el 2017.

—¿Y en qué mujer te convertiste en estos casi diez años?

—He pasado por mucho. Esa primera Carolina, la que dijo que sí, no quería hacer la serie. Cuando la acepté fue por una necesidad económica, pero venía de no hacer mucha televisión, estaba haciendo teatro y de pronto apareció la propuesta y dije que no quería, sobre todo por el formato, tan largo.

—¿No había un poco de prejuicio?

—No, es que yo sé lo que implica protagonizar una serie de largo alcance. Hacer muchos capítulos es dedicar tu vida a eso durante muchos meses. De hecho, estaba planificado para seis meses de rodaje y llevo diez años. Ya la segunda temporada fue una sorpresa hacerla.

—¿Qué cosas te pasaron en estos años?

—Muchas cosas. En esa época estaba casada con otra persona y tenía mucha energía para hacer un montón de cosas. Todavía la tengo, pero es diferente, ahora estoy instalada en otro lugar, tengo un hijo. Pasó una pandemia que nos puso a pensar en qué lugar queríamos estar, y en medio hice varias cosas: hice cine, vine a vivir a Argentina, después me fui a vivir a México, acabo de regresar. De todo.

—¿Cuándo te diste cuenta de que La reina del flow se había convertido en un furor?

—Creo que es reciente. Yo sabía que era un proyecto al que le había ido muy bien porque antes de romperla en el mundo la rompió en Colombia, ése fue el primer termómetro. Pero a mí me cuesta mucho creerme las cosas, suelo restarle importancia para poder seguir siendo normal. Insisto mucho en eso: quiero poder ir al cine, subirme al subte, tomarme un colectivo, entonces tiendo a no mirar al personaje desde el lugar de que es una rockstar. Para mí la rockstar es Yeimy, no yo. Imagínate ser Shakira todo el tiempo. En cambio, yo no soy Yeimi, soy Carolina, que interpreta un personaje.

—¿Y cómo te llevás con que mucha gente conozca y ame a Yeimy pero no a Carolina?

—En algún momento me chocaba. Pensaba: “La gente no conoce mi trabajo, me voy a encasillar en este personaje”. Ahora, viendo todo en perspectiva y con mucha calma, digo: qué suerte. Porque la gente ama un personaje y yo interpreto a ese personaje. Los fans son los fans de Yeimy y ella es un personaje de ficción, eso es maravilloso. Hacer conciertos donde yo ni siquiera canto, donde la que canta es el personaje, también me ayuda.

—¿Hay algo de escudo en eso?

—Sí, lo tomo como si fuera una obra de teatro con muchos espectadores y me apoyo en el hecho de que lo que le pasa al personaje le pasa al personaje, no me pasa a mí y de alguna manera, me protejo. Además, es una participación especial la mía, no pude estar en los ensayos ni el montaje, me uno sobre la marcha. En el auto voy estudiando las canciones, en videito voy aprendiéndome las coreografías, creo que en otras condiciones no sería posible.

—¿Por qué decidiste aceptar esta participación?

—Obvio que también porque es Argentina. Yo tengo un amor particular por este país, es mi casa. No sé por qué, pero vengo acá y no me siento extraña ni extranjera. Siento que hay algo que me hace estar acá. Cuando empezaron las giras estaba embarazada y no podía hacer la de España. Además, ya tenía firmadas la tercera y cuarta temporada de En el barro. Entonces todo se cruzó, pero cuando se habló de los shows les dije: “Si lo hacen, ¿por qué no van a Argentina?”. Hay mucho público acá y yo tenía ganas de estar.

—¿Sentís que el público argentino es diferente?

—Es único, te lo juro, no existe un público como el argentino. Incluso lo sé por la hinchada de la cancha. Ustedes tienen dentro de su cultura, de su sangre, ser espectadores, el espectáculo.

—¿Tenés también una relación con el fútbol?

—Mi papá fue futbolista, tengo muchos primos futbolistas. Yo siempre quiero que Messi no llore nunca, que sea feliz siempre. He disfrutado mucho el fútbol gracias a él y a los demás. Y también soy fan de Scaloni, del ser humano que es. Me parece el argentino modelo.

—¿Hace cuánto que venís a la Argentina?

—Vengo desde 2008 y vine a vivir en 2021. Tuve una familia política argentina que amo mucho y que en su momento era mi familia. Viajé todos los años.

—Cuando empezó La reina del flow, ¿esa Carolina ya soñaba con ser mamá?

—Sí, sueño con ser mamá desde 2013.

—¿Hiciste mucho por ser mamá?

—Sí, pero sobre todo tuve que reconciliarme con el hecho de que no es cuando yo quiera, sino cuando él quiera. Y soltar, porque cuando más quise, menos pude. Y cuando dije “bueno, ya está”, pasó.

—¿Pensaste que quizás no iba a suceder?

—Sí, mucho tiempo. Me divorcié a los 40 años y pensaba: “¿A los 40 años a quién voy a conocer? ¿Qué tiempo?”. Nunca pensé en una inseminación, en un vientre subrogado ni siquiera en una adopción. A mí el concepto de familia me parece hermoso, no sé si mi sueño era ser madre soltera.

—En pareja sí pasaste por tratamientos.

—Sí, pasamos por ahí y también por pérdidas. Fue un momento triste, yo quería vivir la experiencia de la maternidad, pero también la experiencia del embarazo, de que pasara por mi cuerpo. Esa parte me angustiaba no vivirla.

—¿Hubo un duelo?

—Sí, mucho tiempo. Todo esto me pasó antes de los 35 años y para los 36 ya más o menos dije que no iba a pasar nada y solté.

—Y en paralelo había una mujer profesional que no paraba de crecer también. ¿Cómo se unían esos dos mundos?

—También puedo decir que en la vida escogí muy buenos compañeros y socios de vida. Tuve un gran socio de vida que me acompañó mucho en esa escalada. Cuando conocí a mi exmarido acababa de terminar La hija del mariachi, la novela con la que me di a conocer en Colombia y un poco en la parte internacional. Como no existían tanto las redes, no explotó como La reina del flow, pero fue muy exitosa. A partir de ahí empecé a escalar con muchas tiras, no paré. Y tuve un compañero al lado con el que construimos un montón.

—¿Hubo una decisión de empezar a buscar con tu pareja nuevamente?

—Yo siempre estuve abierta a que pasara una cigüeña, pero mi pareja no. Él es cinco años menor que yo y tenía una vida completamente diferente, donde no estaba establecido eso. Pero un día le llegó, mágicamente. Me lo propuso y yo dije: “Claro que sí, por supuesto, hagamos”. Y nueve meses después, fin. Pasaron muchas cosas. Nos fuimos a vivir a México y tuve un acercamiento a una vida mucho más tranquila. Vivía en Playa del Carmen, tenía contacto con el mar todos los días y fue como desenchufarme, ponerme en manos de Dios, de la vida, de estar acá y ahora. Eso me ayudó, tenía muchas más herramientas para llevarlo y estaba en un lugar paradisiaco, fuera de toda responsabilidad de laburo.

—¿Retomaron la búsqueda con ayuda médica o esperaron?

—No, cambié la alimentación, no tomo alcohol hace casi tres años. Como que dije: “Si es un tema hormonal, ¿qué tengo que hacer? Que mis hormonas piensen distinto”. Entonces saqué muchas cosas de mi alimentación y estuve muy pendiente de qué alimentos podían estar interfiriendo. También entendí que el ritmo de vida importa. La conexión con la vida, con uno, con la naturaleza, alejarme de este mundo tan plástico. Creo que eso sirvió un montón.

—¿Habías pasado por muchos tratamientos antes?

—No muchos, pero los suficientes para atravesar el dolor de la frustración de no poder. Uno pone mucho el cuerpo y la mente. Y la mente, la loca de la casa, es bastante compleja. Te dice: “No vas a poder, no vas a poder”. Y una va creciendo y piensa: “La mujer tiene 40 años, no puede tener hijos”. Lo loco es que cuando cumplí 40 me acuerdo de haber pensado: “Guau, me convertí en la mujer que siempre soñé ser”. Y qué hermoso sería que todas las mujeres llegáramos a ese punto de nuestra vida diciendo: “Listo, ahora quiero ser mamá”. Porque la maternidad es tan dura que más vale que sea deseada.

—Y ahora que finalmente llegó, ¿cómo estás viviendo estos primeros meses?

—Hay momentos en que no puedo más. Tengo tendinitis en las dos manos porque el gordo es gordito. No dormir, todo eso... Pero no siento que esté renunciando a nada de mi vida por hacerlo, siento que llegué a este punto habiendo hecho un montón. Es como si toda mi vida me hubiera preparado para este momento, entonces lo recibo con mucho amor, mucha alegría y mucho deseo.

—Sur nació con 4,5 kilos.

—Sí, 4 kilos 500 y 56 centímetros. Ahora tiene tres meses y usa ropa de nueve meses.

—¿Vos querías tener un parto en tu casa?

—Yo quería que naciera en mi casa, en la tina, con partera, con tambores, con inciensos, con toda la jipada. Y el cuerpo dijo: “No, querida, al hospital”. Yo vivía en la selva, en chancletas, con el pelo suelto. Estaba convencida de que quería conocer mi cuerpo haciendo el trabajo de parto, pero el bebé venía muy grande y yo venía muy mal de las hemorroides. El ginecobstetra me dijo que en casa no iba a ser, pero que podía tenerlo con mi partera y en agua, en una sala preciosa de parto humanizado del hospital. Al día siguiente, que era el día programado, tenía contracciones, pero no dilataba. Entonces dije: “Bueno, sacámelo, ya está”. Y fue hermoso. Una cesárea humanizadísima, con la música que quisimos, el papá tomó las fotos que quiso, me lo pusieron acá, me cortaron el cordón cuando yo quise. Conocí la placenta y guardé un pedacito, hice cápsulas y me las comí.

—¿En serio?

—Obvio, si estaba en la jipada ¿cómo no voy a hacerlo? Imagínate estar en la jipada y no comer placenta, pero que quede claro que en las cápsulas, no a lo Walking Dead (risas). La disecan y la ponen en cápsulas. No sé para qué sirve te confieso, pero para algo sirve. En México conocí todo este tema de la partería y los partos humanizados, es muy hermoso saber que tu cuerpo puede dar vida.

—¿Y cómo fue aceptar que el parto finalmente fuera distinto a lo que habías imaginado?

—Lo más importante siempre fue Sur. Y yo obviamente, porque Sur necesita una mamá viva también. Entonces, en ese sentido, respeté mis tiempos, respeté sus tiempos, y tuve el parto que tenía que tener. Lo agradezco y lo recuerdo con mucho amor, porque la verdad que las cesáreas son durísimas. Los que dicen que las mujeres somos vagas porque tenemos por cesárea no saben lo que es tener una.

—¿Te encontraste con mucho opinólogo?

—Yo aprendí una cosa en la vida: no miro lo que no quiero que me afecte. Sé que va a haber opiniones y que hay gente que se cree dueña de la verdad, lo respeto, pero no me traspasa. Tengo muy claro lo que quiero sentir y voy a eso. Entonces no doy papaya, como dicen en Colombia, no me vulnero como epicentro de crítica. Si algo no me gusta, hay un botón hermoso que se llama bloquear.

—¿Y con las opiniones familiares?

—Con mi mamá, que la amo y es el amor de mi vida, siempre fui muy clara desde el amor. Le dije: “Ma, esta es mi oportunidad. Esta hora es mi momento”. Agradezco su experiencia y hay cosas que ella sabe que yo necesito. Mi mamá fue niñera durante 15 años, es una abuela increíble, está enamoradísima de mi bebé y llora todos los días porque no vive en el mismo país que yo. Recibo con alegría a mamás y abuelas que enseñan cosas buenas para la vida, pero si tengo que callar bocas desde el respeto y el amor, lo hago.

—¿Y cómo está la pareja?

—Hermoso. Es un socio maravilloso y la verdad estoy muy contenta con la familia que estamos haciendo. Cumplimos tres años en febrero.

—A vos te gustan los argentinos, sos un poquito nuestra.

—A mí me encantan. No, yo no sé si me gustan los argentinos, me gusta él. Y me gustaba el otro (risas).

—Seguís diciendo “mi novio” y tienen un hijo. ¿No te querés casar?

—Sé que es raro que diga que es mi novio aunque tenemos un hijo. Y no es que no me quiera casar. Casarse es hermoso, pero ahora somos los papás de Sur. Yo ya viví la experiencia, ya fui mujer, ya tuve marido, ya me casé de blanco y fue hermoso, honro cada año de mi vida que fue así. Pero quiero seguir siendo novia, me parece lindo eso. Creo que esa es la lucha: no dar por sentado que estamos juntos. Por ahora: socios, compañeros.

—¿Cómo fue el embarazo y esta maternidad tan reciente?

—Ya tiene tres meses, no lo puedo creer. Siento que toda mi vida tuve a Sur, no sé cómo era mi vida antes sin él.

—¿Te quisiste escapar ya en algún momento de tu casa?

—Lo que pasa es que como me tocó salir por trabajo, no tuve la necesidad de huir. Al contrario, quiero huir de donde estoy para llegar a mi casa y estar con él.

—¿Y la culpa? Porque la maternidad viene con un paquete bastante grande.

—Ser madre viene con un paquete de culpa impresionante. Obvio que pasé por ahí. Cuando no se me pegaba bien de la teta tenía culpa, pensaba que se iba a morir de hambre, que no era capaz, todo drama. Pues pasa, es hormonal todo. Si uno escribiera las cosas que se le pasan por la cabeza, es una telenovela mexicana, Thalía es una huevona al lado nuestro (risas).

—¿Y ya se acomodó un poco el puerperio?

—No, yo creo que todavía no. A veces no te da con locura, también te da con melancolía o de pronto sentís que algo está sobrepasado un poquito. Pero es que es un amor tan grande que yo creo que estás segregando tanto amor todo el tiempo que algo te tiene que desajustar o ajustar. Tal vez lo que estamos haciendo es ajustándonos.

—También tenés una relación muy particular con el llanto.

—No hay una cosa que de verdad produzca tanto placer como llorar, me sirve para vaciarme, depurar y seguir. Tuve épocas muy dramáticas, fui muy llorona siempre, desde chiquita. Y también he hecho telenovelas increíbles gracias a mis llantos, porque lloro muy bien en la ficción.

—¿Cómo llegó la propuesta de En el barro?

—En 2023 estaba recién separada, tenía mi departamento de soltera y un pelo rubio rarísimo, esas cosas que una hace cuando se quiere reinventar. Hice el casting y quedé, fluyó y asumí este personaje que es el más bueno que he hecho: la más buena de todas, la más boluda y la que está en un contexto completamente diferente.

—¿Están grabando dos temporadas juntas?

—Estamos grabando la tres y la cuatro, y es hermosa la experiencia de trabajar con tantas mujeres. Hemos cerrado una que otra boquita donde dicen que las mujeres juntas hacemos quilombo y las mujeres juntas hacemos cosas maravillosas: cada escena de sororidad, de compañerismo, de parcería, de acompañarnos. Por eso, cuando quedé embarazada y sabía que tenía que hacer las temporadas, acepté aunque iba a estar en el puerperio. Dije: “No me importa, voy a estar rodeada de mujeres. ¿Qué mejor puerperio que ese?”. Y no me equivoqué, porque voy ahí y es como que me repotencio, tengo un montón de mujeres alrededor que son mamás y aprendo un montón. Y si me canso, Sur rota de mano en mano, porque él se duerme en todas las manos posibles.

—Se nota que sos muy generosa y abierta con esto de venir con Sur. ¿Cómo lo manejás?

—Cuando me dijeron que tenía que venir a la entrevista y contemplé la posibilidad de que tenía que venir con él, pregunté: “¿Hay mujeres?”. “Sí”. “No pasa nada”. Si hay mujeres, estamos.

—Esta conexión con el universo femenino y con el acompañamiento entre mujeres, ¿la tuviste siempre?

—Se ha potenciado un montón en Argentina, que he conocido mucho la sororidad y el feminismo desde que vine. Tengo muchas amigas argentinas. Colombia también tiene un movimiento femenino fuerte, pero yo no estaba tan conectada con las mujeres porque vengo de una familia de muchos primos varones. Todos muy hermosos, de esos hombres que vas a la casa y no te dejan lavar un plato.

—¿Nunca sentiste ese lugar del machismo?

—No, en mi casa tampoco. Con mis papás y mi hermano, cero. De hecho, mi hermano es el que cocina en la casa. Él estaba a cargo de cosas que uno diría: “No, eso le corresponde a la mujer”. Entonces, desde ese lugar, no necesité de las mujeres para sostenerme en mi idiosincrasia. Pero cuando llegué a Argentina me encontré con un montón de mujeres: amigas, amigotas, mamás. Y ahí dije: “Ve, ve”.

—¿Qué te generó conocer ese feminismo argentino que incluso impulsó el Ni Una Menos?

—Creo que, con respecto a México y otros países de Latinoamérica, hay años luz. Y ha sido muy interesante entenderlo.

—Volviendo a En el barro: tu personaje también está atravesado por la maternidad. ¿Qué te pasaba a vos, después de tu propia búsqueda, al interpretar a una mujer que vive eso?

—La mayoría de los personajes que se me han atravesado en la vida han sido madres. Incluso La reina del flow, porque para mí, Yeimy, ante todo, es madre. Ella se moviliza por haber creído que había perdido a su hijo. En En el barro y en otros personajes también ha estado muy presente la maternidad. Lo bueno es que ahora que soy madre digo: “Ay, qué bien, no lo hice tan mal” (risas). Porque yo me basaba en mi mamá y en las madres que tenía alrededor, pero no en mi propia experiencia, y ahora que lo reveo y entiendo un poco las elecciones que tomé, digo: muy buena mi capacidad de observación.

—¿Sentís que la maternidad te dio una fuerza diferente?

—Sí, y también ese pensamiento único: todo es él. Me estoy recuperando de una gripe que, si me daba de soltera, a los dos días me iba a la guardia y me internaba, olvidate. Pero dije: “Tengo que estar de pie porque Sur me necesita”. Y te parás.

—¿A qué edad empezó la danza en tu vida?

—A los nueve. Era muy cansona, muy hinchahuevos en el colegio. Hacía todo muy rápido, me encantaba treparme a los árboles y tenía mucha energía. Entonces mis papás dijeron: “La niña necesita”. Y entré a una escuela de ballet, como la Escuela del Teatro Colón que existe en Colombia e hice toda mi formación como bailarina, que básicamente fue la base de todo lo que hice después.

—¿Te lesionaste en algún momento?

—Me lesioné de todas formas: me rompí la rodilla, voy a ser una viejita con los dedos tiesos, pero para eso falta un montón (risas).

—Pero también hay mucho amor y agradecimiento por esa etapa.

—Creo que la danza lo que hizo en mi vida fue darme el orden que necesitaba para poder ser lo que soy ahora. No sé si como actriz tendría las herramientas que tengo si la danza no hubiera sido parte de mi vida. De hecho, todavía opero mentalmente como bailarina.

—¿Volverías a elegir ese camino, con todo el sacrificio que implicó?

—Sí. Estudié en una escuela increíble y tuve una formación increíble. Tal vez habría tomado otras decisiones: si no me hubiera empecinado en que quería ser bailarina clásica, tal vez podría haber explorado otras cosas.

—Tal vez no aparecía la actriz.

—Para que apareciera la actriz tenía que estar esa bailarina. Yo siempre lo digo: la actuación me salva la vida, porque la danza estaba acabando conmigo físicamente. Yo quería ser y hacía lo que fuera por conseguirlo: si tenía que cortarme un brazo, me lo cortaba. En cambio, la actuación llegó a decirme: “Está todo bien”. Igual mi cuerpo tiene memoria y lo vi ahora en los shows: llevo un año sin hacer ejercicio porque tuve un embarazo con una panza muy grande y pubalgia, después vino el posparto y la cesárea. Y cuando Sur cumplió tres meses, al otro día me monté al escenario en Chile y el cuerpo respondió, así que a la bailarina le doy las gracias todos los días.

—¿Quedó también algo de esa búsqueda espiritual que atravesaste durante el embarazo?

—Sí. Martín y yo promulgamos mucho eso, sobre todo él. Es una persona muy conectada, un maguito. Yo tuve experiencias espirituales que siento que tuvieron que ver con sanarme, sobre todo con mis padres.

—¿De qué tipo?

—Con mis papás tomé ayahuasca. Tuve una ceremonia con ellos y fue increíble. Dura, muy difícil, porque eso de verdad es una medicina.

—¿Quién lo propuso?

—Mi papá. Estábamos en México y me dijo: “He estado investigando mucho y me parece que nosotros tenemos que tomar una medicina. Quiero hacer ayahuasca con su mamá y usted también”. Y yo: “¿Qué, papá? Yo no quiero”. Y él: “Nosotros tenemos muchas cosas que sanar como familia”. Y bueno, fue la mejor constelación familiar de la vida. Esa experiencia fue hermosa.

—¿Cuándo sucedió esto?

—Fue el año pasado y, tres meses después, quedé embarazada. En esa ceremonia apareció algo que yo tenía que sanar: dejar de ser la mamá de mis papás, dejar de ser la mamá de otros, para poder aprender a ser la mamá de Sur. Y eso se reveló en un día, conectada con las estrellas y se ordenó: mi papá fue mi papá, mi mamá fue mi mamá y yo empecé a ser la hija. Y eso fue maravilloso.

—¿Se contaron mutuamente que vivió cada uno en la experiencia?

—Claro. De hecho, la medicina es tan inteligente que desajusta al que necesita ajustarse y, cuando desajusta a uno, ajusta a los demás. La que se desajustó fui yo y hubo un momento en que mi mamá me acunaba como a una bebé.

—¿Ella no estaba en su propio viaje?

—Sí, pero mi viaje se conectó con el de ellos. Mi papá fue mi papá y me dijo una frase maravillosa, con un bastón en la mano: “Nosotros vamos a estar contigo siempre”. Y mi mamá me acunaba como a una nena para que yo volviera a ser la hija. Porque yo empecé a trabajar muy chiquita y hacerme cargo de cosas que tal vez no correspondían. Agradezco haber podido ayudar a mi familia, pero en algún momento hay que soltar eso y volver al lugar. Hasta que yo no volví al mío, mi cuerpo no iba a funcionar. Porque yo ya era mamá de otros, entonces, ¿cómo iba a ser mamá de Sur si ya era mamá de otros?

—¿Dónde hicieron la ceremonia?

—En México. Fue en un ambiente abierto, regulado, cuidado, profesional. Es una experiencia espiritual muy fuerte que necesita ser guiada y acompañada, porque así como ves tu oscuridad, ves tu luz. Y esa luz fue increíble: te convertís en un canal de amor, de claridad, de entendimiento y de acercamiento y así fue con mi mamá.Nosotras tuvimos nuestras dificultades como madre e hija cuando cumplí los 20, fue muy difícil porque ella después se va a Estados Unidos con mi papá, por mucho tiempo, se alejan un poco. Yo me caso, hago mi vida aparte. Y ese día me hizo una confesión de amor increíble: me contó lo deseada que yo fui, el amor con el que me esperó y cómo sabía que yo era yo. Abrazadas las dos, confesándonos mutuamente el amor, entonces tener esos espacios de poder acercarte a tus padres. Y la medicina, además, me hizo doblar las piernas y besarles los pies a mis papás, porque hay una cosa que pasa en la vida: crecemos y un día nos creemos más grandes o superiores a nuestros padres, nos las sabemos todas y olvidamos que ellos son nuestros papás y que los chiquitos somos nosotros. Entender eso y ubicarme en ese lugar fue mi cierre para sanarme y quedarme embarazada a los tres meses. Fue increíble, cada uno tenía su equipaje y fue una experiencia familiar excelente.

—¿Que le dijiste a tu papá post experiencia?

—Mi papá también resolvió sus cosas. Él me lo agradece mucho a mí porque yo estaba en ese contexto. Nosotros con Martín tenemos un espacio que se llama Casa Resonance, que es un centro cultural de la conciencia donde se hacen conciertos, eventos, y justo ese fin de semana que llegan mis papás a México teníamos contratada esa ceremonia. Y cuando mi papá se da cuenta, es cuando nos dice: “yo quiero hacerlo con todos ustedes”. Entonces fue increíble.

—O sea, tenía que ser, porque ustedes estaban ya trabajando en ese camino...

— Y el nombre Sur también llegó de una manera especial. Le llegó en un sueño a Martín. Me dijo: “Sur, Sur”. Nosotros no supimos el sexo hasta que nació, pero ya sabíamos que era Sur. Esas cosas mágicas que pasan.

—Se te ve muy feliz y luminosa.

—Sí, estoy muy feliz. Es un muy buen momento de la vida, como que estoy recogiendo. Siento que me preparé toda la vida para esto y estoy en un buen lugar, disfrutándolo todo.

—¿Estás preparada para guardar a Yeimy?

—La amo, es maravillosa y tengo tanto para agradecerle, pero creo que la gente es la que no está preparada para guardarla. Yo lo quise hacer y no me dejaron. Y en realidad estoy haciendo esto por la gente, porque si fuera por mí, me quitaría el traje, lo dejaría guardado, le pondría un marquito dorado y ya está. Pero también entiendo todo el impacto que causó esta última temporada, que fue tan difícil para todos. Si puedo contribuir a que la gente sea un poco más feliz, saco el traje y me lo pongo con mucha humildad y, sobre todo, con mucho agradecimiento.

—¿Cómo sigue el año?

—Estoy muy emocionada por la oportunidad de hacer la obra de teatro más grande y con mayor público que hice en toda mi vida. Vienen otras fechas por Latinoamérica y voy a tratar de estar en todas, pero también tengo un compromiso enorme: un hijo y él es prioridad siempre. Él me está dejando hacer todo. Y quiero vivir el día a día, ahora por ejemplo, quiero salir a tomarme un cafecito rico y comerme un muffin. Y seguir disfrutando.

Fuente: https://www.infobae.com/reportajes/2026/09/20/el-exito-de-la-reina-del-flow-la-experiencia-con-ayahuasca-y-el-dificil-camino-hacia-la-maternidad-carolina-ramirez-detras-del-furor/

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