El regreso de Martín Toro: las aventuras de un sargento de frontera que trascendió en el tiempo
En diversas oportunidades me he referido a la relevancia que tuvieron los personajes de la “gauchesca” dentro de la historieta nacional. El derrotero comenzó hace bastante tiempo y fue descrit...
En diversas oportunidades me he referido a la relevancia que tuvieron los personajes de la “gauchesca” dentro de la historieta nacional. El derrotero comenzó hace bastante tiempo y fue descrito concienzudamente por Jorge Morhain, uno de los protagonistas “per- se” de esta literatura y el guionista del recientemente publicado Martín Toro, sargento de frontera. En su trabajo titulado “El Martín Fierro y la literatura gauchesca”, Morhain, traza un paralelo entre el Fierro, inicialmente lectura de folletín, que les era leído a los propios gauchos por el pulpero de turno, que sí sabía leer, y la historieta, género considerado de segunda categoría, producido para entretener a niños y ociosos.
Así les fue a los que utilizaron semejantes parámetros para encasillar a uno y a la otra, me refiero, por si no queda claro, al “Martín Fierro” por un lado y a la historieta, por el otro. El “cómic” nacional fue cuna de fantásticos autores. El Eternauta de Oesterheld recientemente llevado a la pantalla, en formato serie, es una excelente muestra de ello: tuvo su auge, puñados de años más o menos, entre las décadas de 1930-90. En dicho segmento temporal florecieron una cantidad inmensa de personajes de la más variopinta clase, desde errantes sumerios, a viajeros de las estrellas o “cow-boys” del lejano Oeste.
Entre los que se desarrollaban en nuestras latitudes sobresalieron los gauchos y los milicos de frontera. Enrique Rapela arrancó con su serie “El Huinca” y “Fabián Leyes” pero también estaban “Lanza seca” o “Lindor Covas, el cimarrón”. Las aventuras de este último las devoraba yo, en mi niñez, porque aparecía en la última página del vespertino La Razón. Un canillita alcanzaba el diario a las puertas de mi casa, y en el acto de entregarlo, recitaba: “Como dijo Napoleón, le voy a vender La Razón”.
En 1954, Carlos “Chingolo” Casalla creó el que sería el personaje más popular de todos los milicos fortineros, me estoy refiriendo al “Cabo Savino”. Tuve el privilegio de conocer a “Chingolo” en la primavera de 2016, muy poco antes de su desaparición física. Me invitó a Bariloche, donde residía con su mujer, Carlota, a que presentara mi libro La letra del malón. Conocí entonces al hombre que anidaba detrás de tan prolífica obra y debo decir que descubrí a un ser humano de calidad excepcional, cálido, emotivo y con un rutilante sentido del humor. Me recibió con una sonrisa franca de paisano viejo que asomaba por debajo de una boina de vasco negra.
Al mítico Savino le seguirían nombres como “Facundo Cruz, cuchillero”; el “Capitán Camacho” y el colorado del Monte, teniente Asencio del Pino, popularmente conocido en la frontera con el apodo “Pehuén Curá”. Acompañando a estos, en la recordada revista El Tony de Columba, brillaba el sargento Martín Toro, cuyas singulares aventuras escribía Jorge Morhain y que ilustraron diversos nombres, pero, entre todos ellos recuerdo por la fuerza y la calidad de los detalles camperos de su trazo, los de Carlos Magallanes. Este es el tándem del Martín Toro, sargento de frontera publicado en 2025 por Duma editores, y que presenta un interesante prólogo de Ricardo De Luca.
Morhain vive en uno de los arrabales de Buenos Aires, sitio que en su niñez era pleno campo. En 1994 publiqué junto con mi colega Mariano Ramos, en la revista de Antropología de la UBA, un primer artículo que reseñaba nuestras investigaciones en el Fortín Miñana (1860- 1863) emplazamiento que, dicho sea de paso, fue el primer fortín excavado en la historia de la Arqueología Argentina. El caso es que un periodista de LA NACION se comunica conmigo para hacerme una entrevista y acordamos vernos. Yo esperaba el típico periodista que manejaba una información somera y muy por arriba del extenso proceso histórico conocido como la “Conquista del Desierto”. Enorme fue mi sorpresa al constatar pregunta tras pregunta, el extenso conocimiento del período histórico en cuestión que poseía mi entrevistador. Fue entonces que yo le pregunté, “off the record”, cómo era que conocía tanto del tema, y él me respondió con una sonrisa pegada a su más que poblado bigote: “Es que yo era el que escribía Martín Toro y Pehuén Curá”. Dicho periodista no era otro que el gran Jorge Morhain.
Tiempo después, tuve el honor de mostrarle los fosos del Fortín Miñana, y él, emocionado, me dijo que era la primera vez que visitaba uno de estos lugares históricos, los había imaginado tanto en su mente y volcado en palabras cientos, miles de veces, pero jamás sus pies habían hollado el espacio en donde moraban esta clase de restos. Para mí, que de niño había jugado en ese fortín con mis primos, montado cada uno en su petiso de turno a los indios y a los soldados, y, que me devoraba las aventuras de los gauchos- soldados cuando mamá me las traía desde Azul, aquello fue un lujo inesperado.
Su compañero de ruta en esta nueva publicación del sargento Toro, es el dibujante Carlos Magallanes, quien se inició colaborando con el gran Enrique Rapela en “El Huinca” y en “Fabián Leyes” y que años después ilustró para la editorial Columba, “Facundo Cruz, cuchillero” y por supuesto, el “Martín Toro”. Desgraciadamente falleció en 1987, en la plenitud de su carrera. Constituyendo, por lo tanto, esta publicación a la que hago referencia, todo un homenaje póstumo.
“Martín Toro, sargento de Frontera” recoge 15 episodios de este milico del mítico “3 de fierro” aparecidos en la segunda mitad de 1981 y la primera mitad de 1982, momento histórico que coincide nada más y nada menos que con la Guerra de Malvinas. Tenía por entonces 13/14 años, y como dije, me devoraba con enorme deleite y fruición, las aventuras de Martín Toro.
El fin de semana pasado me fui al campo con este nuevo libro bajo el brazo, y creánme, que 45 años después, disfruté igual que entonces, como cuando era tan sólo un niño con toda la vida por delante. Esa es la magia de la historieta, que, con reediciones como la que acabo de reseñar, vuelven a la vida y nos hacen sentir como en aquellos años dorados en que morábamos en la crisálida a mitad de camino entre oruga y mariposa, y la vida era un cúmulo de sueños que estaban todavía frescos y aún por realizarse.