Firmaba como un hombre, las amigas le decían “pulga venenosa” y hablaba de fantasmas: Vernon Lee, más cerca de los lectores argentinos
Violet Paget, la escritora británica que firmó toda su obra con el seudónimo masculino Vernon Lee, llega por primera vez a las librerías argentinas con una antología que reúne dos de sus mejo...
Violet Paget, la escritora británica que firmó toda su obra con el seudónimo masculino Vernon Lee, llega por primera vez a las librerías argentinas con una antología que reúne dos de sus mejores relatos sobrenaturales y dos textos que nunca antes habían sido traducidos al español. La muñeca y otros textos espectrales (editorial Fera, 2026), con traducción, selección y comentarios de Betina González, propone una entrada oblicua al universo de una autora cuyo espíritu Borges quería como modelo de un manual de estilo y que Henry James describió como “tan peligrosa y extraña como inteligente”.
Nacida en Boulogne-sur-Mer en 1856 y criada en hoteles de Suiza, Alemania e Italia hasta que su familia se instaló en Florencia, Vernon Lee habló desde niña cuatro idiomas —inglés, francés, alemán e italiano— y esa educación cosmopolita tiñó toda su escritura. Murió en 1935, a los 78 años, sin haber abandonado la ciudad toscana. Publicó cuarenta volúmenes sobre estética, historia del arte, música, política y ficción sobrenatural, y se codeó con Robert Browning, Edith Wharton, Oscar Wilde y H. G. Wells. Su biógrafa, Vineta Colby, la definió con una fórmula que el prólogo de González recupera: “nació demasiado tarde para ser victoriana y demasiado pronto para ser modernista”.
El volumen reúne los relatos “La muñeca” y “La voz maligna” junto a “Los fantasmas de Ravena” y “Fausto y Helena: Notas acerca de lo sobrenatural en el arte”, este último un tratado sobre la emoción de lo sobrenatural que González traduce por primera vez al español. La edición incluye notas al margen, fragmentos resaltados y guías de lectura al final de cada texto, en una apuesta que la propia editorial reconoce como un riesgo: Vernon Lee advertía que “tan pronto como una figura se hace visible, la mitad del encanto está perdida”.
El prólogo que Infobae Cultura comparte a continuación, titulado “En el espíritu de Vernon Lee”, traza el retrato de una escritora que concebía los fantasmas como emociones atrapadas en el espacio y en los objetos, y que borró los límites entre el ensayo, el cuento de terror y el diario de viaje con una naturalidad que, según la prologuista, la vuelve sorprendentemente contemporánea.
“En el espíritu de Vernon Lee”Por Betina González
Hasta hace unos años, Vernon Lee era un secreto compartido por unos pocos amantes de los cuentos de terror. Era conocida por sus ficciones espectrales, que ocurren en atmósferas delicadas y asfixiantes —uno de los rasgos más originales de su prosa—.
Sin embargo, la primera vez que yo oí hablar de ella no fue en esos círculos, sino en el libro que Adolfo Bioy Casares escribió sobre Borges. Es el año 1965. Silvina Ocampo, Borges y Bioy están de vacaciones en un balneario. Discuten, un poco en broma, la idea de escribir una Historia de la literatura argentina. En seguida la descartan porque «con gente viva, sería imposible». Bioy sugiere que, entonces, escriban una Introducción a la literatura que incluya un tomo preceptivo, una especie de manual de estilo. A Borges le gusta esa idea, pero siempre que el tomo esté escrito «en el espíritu de Vernon Lee».
Por entonces, yo estaba confinada en mi departamento por la pandemia y lo único que tenía era tiempo para leer, así que corrí a buscar The Handling of Words, el manual de lectura y escritura al que se refiere Borges. De ahí en más, no paré de investigar sobre Violet Paget y su literatura singular, siempre firmada con ese seudónimo masculino. Descubrí que en el mundo anglosajón ya casi no se la leía, mientras que en el hispanoamericano apenas teníamos acceso a unas pocas traducciones de sus historias de fantasmas.
Vernon Lee fue una testigo activa y privilegiada del pasaje traumático de la Europa victoriana al siglo XX. Participó en casi todas las polémicas de su tiempo. Escribió sobre los derechos de los animales, la dependencia económica de las mujeres, la guerra, el socialismo y el fascismo, siempre pensando en la función social del arte y el rol del pasado en nuestras vidas. Su obra está compuesta por más de doce volúmenes de ensayos, cuentos, diálogos, novelas, narraciones de viajes y hasta una obra de títeres para chicos. Me parecía increíble que solo sus ficciones sobrenaturales hubieran resistido el paso del tiempo, pero quizás a ella eso no la hubiera sorprendido tanto: vivió lo suficiente como para ver cómo su obra perdía relevancia.
Ese manual de escritura que menciona Borges lleva esta dedicatoria: «A los muchos escritores que leí y a los pocos lectores que me han leído, les agradezco con estos estudios sobre lectura y escritura». Sí, Vernon Lee era irónica y directa, cuando no brutal —características que a menudo le fueron reprochadas y que, desde ya, eran inaceptables para una mujer de su época—. ¿Hace falta decir que siempre fue una desobediente? Sus amistades —Henry y William James, H. G. Wells, Aldous Huxley— la consideraban tan inteligente como peligrosa. Con su primer libro, Estudios de la Italia del siglo XVIII —publicado a sus veinticuatro años— se ganó una reputación como experta en arte y en Italia, algo sorprendente para una mujer tan joven. De ahí en más, no paró. El matrimonio y los roles prescritos para las mujeres le repelían. Se vestía de forma austera y peculiar: Mario Praz la recuerda, ya mayor, en su estudio en Florencia, vestida «con un traje gris impecable hecho a medida y una corbata de brillante piqué blanco ajustada con un broche». Violet tuvo varias amigas íntimas, pero, según diversos testimonios, rechazaba cualquier tipo de contacto físico. Se jugó todo al arte y a su relación con la moral. Muchas veces pagó cara esa apuesta: su novela más ambiciosa, Miss Brown, fue defenestrada en varias reseñas y la enemistó con casi todos sus contemporáneos. En una carta, Henry James la amonestó por tratar de usar el arte literario para sermonear. No sería la última vez que cayera en esa pretensión de superioridad: Vernon Lee era testaruda, fiel a sus convicciones y lapidaria en sus juicios, con una tendencia incorregible a expresar sus opiniones sin filtro. Quizás por eso unas amigas muy cercanas le pusieron como apodo cariñoso «Vermin Flea» (algo así como «pulga venenosa»).
Poco a poco, yo iba desenterrando estos hechos sobre su vida, cada vez más fascinada, mientras leía su obra. Vernon Lee me hablaba directo al corazón: su vehemencia y su estilo laberíntico, y a veces confuso, me producían una alegría que no había encontrado en otros escritores.
De esa primera lectura surgieron las páginas que escribí sobre ella para La aventura sobrenatural, un libro sobre magia, espiritismo y literatura que, por entonces, Esther Cross y yo recién estábamos planeando. Ahora esas páginas me parecen insuficientes y bastante apresuradas. Culpemos a la pasión. Lo importante es que, gracias a ese proyecto, llegué al fin a las historias de fantasmas de Vernon Lee. Es comprensible que la hayan hecho famosa: son extraordinarias y muy distintas a las de sus contemporáneos. A veces se las compara con las de Henry James. Pero James sitúa sus historias en espacios claustrofóbicos y se juega todo a la ambigüedad de sus narradores: hace del fantasma un problema de percepción. Vernon Lee elige otra vía: fiel a su teoría del genio del lugar y a su idea de que lo espectral es una emoción del espacio, sus fantasmas surgen de paisajes y ciudades específicas, son pura atmósfera y deseo. Sobre todo deseo: hay una sensualidad única en sus relatos, que parece brotar del llamado del pasado que enloquece a sus personajes. Vernon Lee convierte al fantasma en un problema de memoria cultural, en una experiencia sensual de la belleza que puede llegar a ser aterradora. Es su marca de estilo y eso dialoga con nuestra época, tan obsesionada con la nostalgia y el consumo del pasado. Hoy, me parece, todo fantasma es cultural. Por eso sus historias nos convocan.
Vernon Lee publicó varias colecciones de relatos sobrenaturales, pero a pesar de su maestría en este género, no se consideraba una escritora de ficción sino una ensayista y, probablemente, una historiadora del arte y las ideas. Lo que le importaba era el pensamiento. Y es en el ensayo donde su inteligencia se despliega en toda su originalidad. Vernon Lee argumenta con una habilidad comparativa singular, piensa y construye conceptos según distintas tradiciones y en un tono que evade lo meramente «británico». Creo que estos rasgos de su pensamiento y su prosa se deben a su multilingüismo y a su educación cosmopolita, factores que también la acercan a nuestra época.
Violet Paget nació en 1856 en Francia y, debido a la vida itinerante de su familia, se crio en distintos hoteles en Suiza, Alemania e Italia, hasta establecerse definitivamente en Florencia, ciudad en la que vivió hasta su muerte, en 1935. Como resultado, hablaba con fluidez el inglés, el francés, el alemán y el italiano, algo muy poco frecuente en los intelectuales de su época. Por más que compartiera algunos temas con sus pares, ella tenía una óptica diferente: mientras ellos se preguntaban por la belleza, ella sabía que era más pertinente preguntar cómo distintas culturas concebían ese concepto. Así, se adelantó décadas al relativismo cultural del siglo XX —por algo su biógrafa, Vineta Colby, considera que Violet «nació demasiado tarde para ser victoriana y demasiado pronto para ser modernista»—.
Saber hacer preguntas es el secreto de todo buen ensayista. En sus ensayos esa habilidad moldea la propia escritura. Por eso su ejercicio del género resulta tan actual: reproduce en la página las idas y vueltas de su mente, sus rincones, sus largos paréntesis, sus caprichos. Para su época, en la que ensayistas como Oscar Wilde estaban produciendo textos impecables, esa escritura resultaba extraña. Para nosotros, no.
Vernon Lee borra los límites entre los géneros: escribe en el borde entre el ensayo y el tratado científico; en un cuento nos proporciona, a la vez, una tesis sobre el arte y en un diario de viaje aparece, de repente, lo ficcional. Historiadores, coleccionistas y expertos protagonizan sus ficciones, solo para confundirnos con datos históricos falsos, hábilmente modelados por su conocimiento experto de las fuentes, algo que seguramente no debe haberle pasado desapercibido a Borges.
Hay otra característica más de su escritura que la vuelve muy actual: el papel privilegiado que siempre le dio a la emoción y a la imaginación. Sostenía que la relación entre autor y lector debe entenderse como un diálogo sensorial, es decir, como una emoción compartida. Estética y empatía iban juntas para ella. Por eso rechaza el formalismo técnico: si un texto no conmueve, no es literatura. Así, concibe al estilo como un arte de la emoción. Y, como ya dije, fue una de las primeras en pensar al terror —o, más bien, a lo sobrenatural— como una emoción específica que surge del espacio. Lo espectral es, de hecho, el modo en que ciertos lugares afectan a nuestros sentidos y a nuestra imaginación.
No es fácil presentar a una autora tan compleja y prolífica en una antología, sobre todo si se tiene en cuenta que hasta ahora nunca se había traducido y editado en Argentina. Al final, me decidí por dos de sus mejores relatos sobrenaturales («La muñeca» y «La voz maligna») y dos textos que no habían sido traducidos al español con anterioridad, «Los fantasmas de Ravena» (un híbrido entre narración de viaje, ensayo y cuento de terror) y «Fausto y Helena», ese tratado sobre la emoción de lo sobrenatural que me deslumbró desde la primera vez que lo leí.
Empecé diciendo que Vernon Lee fue, por casi un siglo, una autora de culto. Por suerte ya no lo es: en los últimos diez años aparecieron varias traducciones de sus ensayos y ficciones al español y a otros idiomas. Se puede decir que hay un verdadero boom de su obra. «Nací demasiado pronto en un mundo demasiado joven», escribió con amargura hacia el final de su vida. A lo mejor es ahora, en pleno siglo XXI, que su literatura llega a quienes realmente necesitamos leerla.