La ruta de las cinco lagunas sagradas muiscas: una aventura entre montañas y rituales ancestrales en Cundinamarca
Las cinco lagunas sagradas muiscas de Cundinamarca conforman una ruta de cuerpos de agua asociados con ofrendas, rituales y relatos sobre el origen, la fertilidad y el cuidado del territorio. Guata...
Las cinco lagunas sagradas muiscas de Cundinamarca conforman una ruta de cuerpos de agua asociados con ofrendas, rituales y relatos sobre el origen, la fertilidad y el cuidado del territorio. Guatavita, Siecha, Teusacá, Guasca y Ubaque permiten acercarse a esa relación ancestral, aunque cada sitio tiene condiciones actuales distintas.
Para la cultura muisca, el agua era un elemento ligado a la vida material y espiritual. La Enciclopedia del Banco de la República señala que lagunas y ríos eran territorios consagrados para prácticas ceremoniales, mientras que los relatos tradicionales vinculan estos espacios con Bachué, Bochica y la leyenda de El Dorado.
Las lagunas sagradas muiscas son lugares de memoria territorial donde el agua era entendida como fuente de vida, fertilidad y equilibrio. Visitar Guatavita, Siecha, Teusacá, el antiguo espejo de agua de Guasca y Ubaque permite conocer relatos indígenas, reconocer los efectos de la intervención humana y observar por qué estas fuentes siguen asociadas al cuidado del entorno.
Laguna de Guatavita y la leyenda de El DoradoLa laguna de Guatavita, ubicada en Sesquilé, hace parte de los lugares vinculados con ceremonias muiscas de oración y ofrenda. Es uno de los cuerpos de agua más asociados con la leyenda de El Dorado, relato que despertó el interés de expediciones europeas en busca de oro y esmeraldas.
Una versión de la historia cuenta que el nuevo cacique se embarcaba en una balsa de juncos después de un periodo de ayuno y aislamiento. Los sacerdotes cubrían su cuerpo con resinas y polvo de oro antes de que se dirigiera hacia el centro de la laguna para depositar ofrendas.
El ritual incluía cánticos, rezos y fogatas desde la orilla. Con la salida del sol, el cacique se desprendía de la cobertura dorada y entregaba objetos de oro y esmeraldas a las aguas como parte de la ceremonia.
La tradición también refiere la historia de una cacica que, tras enfrentar acusaciones de adulterio, se habría arrojado a la laguna junto a su hija. Según el relato citado por el historiador Zamora, ambas habitarían un palacio en el fondo del agua, lo que dio lugar a nuevas ofrendas.
Las búsquedas de tesoros alteraron varios cuerpos de agua de la región. Las versiones sobre El Dorado no fueron presenciadas por los europeos que intentaron hallar sus supuestas riquezas, pero la laguna quedó instalada como uno de los símbolos más difundidos de la herencia muisca.
Siecha, Teusacá y Guasca en la ruta ancestralLas lagunas de Siecha, en Guasca, son tres cuerpos de agua de origen glaciar asociados con el recorrido ceremonial de los muiscas. En este lugar se rendía culto a la fertilidad y a la vida, conceptos relacionados con el agua como fuente creadora.
Algunas versiones sostienen que la ceremonia original de El Dorado pudo haber ocurrido en Siecha y no en Guatavita. La laguna también estuvo vinculada a expediciones que intentaron extraer tesoros: los hermanos Joaquín y Bernardino Tovar hallaron una pieza en forma de balsa en la zona.
La pieza, encontrada entre las veredas El Retiro y Lázaro Fonte, llegó a un museo de Alemania antes de regresar a Colombia. Desde 1969 se encuentra en el Museo del Oro, según la información disponible sobre el hallazgo.
La laguna de Teusacá, conocida actualmente como El Verjón, está en el Parque Ecológico Matarrendonda, en la vía a Choachí. Allí se realizaban ofrendas a la Madre Tierra y se agradecía a los elementos de la naturaleza, en especial al agua como origen y sustento.
Desde ese sector se observa Bogotá, enmarcada por Monserrate y Guadalupe. El lugar se integra a una red de escenarios hídricos que conectaban prácticas espirituales, recorridos por la montaña y formas de comprender el territorio.
La antigua laguna de Guasca, entre Guasca y Guatavita, ya no conserva la forma que tuvo. El sitio es conocido como Pantano de Martos, después de que Gonzalo Linnus Martos intentara secar el cuerpo de agua para buscar oro ante las historias de ofrendas indígenas.
El área quedó convertida en un pantano con cuerpos de agua reducidos, aunque mantiene fauna y flora. La transformación de este lugar muestra cómo la búsqueda de metales afectó paisajes que tenían un uso ceremonial para las comunidades muiscas.
Ubaque y el significado del agua para los muiscasLa laguna de Ubaque, ubicada entre Choachí y Ubaque, era el último punto del recorrido sagrado mencionado en la ruta de las cinco lagunas. Allí se completaban jornadas que incluían cantos, rituales y ofrendas en agradecimiento o petición a las deidades.
Actualmente, el lugar es utilizado para el descanso y la estadía de visitantes. El carácter de la laguna como espacio de encuentro exige reconocer que forma parte de una tradición espiritual vinculada con el uso respetuoso de las fuentes de agua.
La visión muisca sobre estos escenarios se relacionaba con la idea de que los ríos y lagunas eran seres conectados. El relato citado por la Enciclopedia del Banco de la República expresa esa relación: “Para nosotros, el río representaba una serpiente”.
El páramo era la cabeza del río, las lagunas y afluentes eran sus venas, y la desembocadura correspondía a la cola. El agua también estaba asociada con la rana, llamada iesua, o alimento del sol, un símbolo de fertilidad y de los ciclos de lluvia.
Los relatos sobre Bochica y el salto del Tequendama refuerzan esa relación entre el agua, el territorio y las decisiones humanas. Según la tradición, Bochica abrió las rocas para que las aguas de la Sabana descendieran y terminaran una inundación provocada tras el abandono de las prácticas de cuidado.