Qué dice la psicología sobre las personas que piden perdón por todo: los tres pasos para cambiarlo
Un correo que comienza con “Siento molestarte, pero…”, una reunión programada que se abre con una excusa o un accidente ajeno que provoca un “perdón” propio: las disculpas constantes pu...
Un correo que comienza con “Siento molestarte, pero…”, una reunión programada que se abre con una excusa o un accidente ajeno que provoca un “perdón” propio: las disculpas constantes pueden convertirse en un hábito que afecta la carrera profesional y la autoestima.
La conducta suele presentarse como cortesía. Sin embargo, cuando aparece ante hechos que no requieren una reparación, puede transmitir inseguridad, falta de convicción o una necesidad de aprobación. También desgasta a quien la adopta y a las personas de su entorno, desde colegas y superiores hasta familiares.
Melody Wilding, LMSW, profesora de Comportamiento Humano en Hunter College, plantea que esta reacción puede instalarse como un reflejo. Wilding cuenta con una maestría de la Universidad de Columbia, fue investigadora de la Universidad de Rutgers y colabora con Harvard Business Review.
En un artículo publicado en Psychology Today, advirtió que el exceso de disculpas puede perjudicar el desempeño laboral, en parte porque resta peso a las palabras y puede revelar una dependencia de la validación externa.
El problema no radica en pedir perdón cuando una persona causó un daño. La dificultad aparece cuando la expresión sustituye una respuesta más precisa o funciona como un recurso para reducir una tensión que, en rigor, no corresponde asumir.
La cortesía aprendida puede derivar en una necesidad de aprobaciónSegún Wilding, el impulso de disculparse de manera repetida puede remontarse a la infancia. A muchas mujeres y también a muchos hombres se les enseña que la amabilidad y la cortesía son condiciones para ser aceptados. En esa lógica, tratar bien a otros queda asociado con agradarles.
El deseo de expresar respeto puede ser genuino. Aun así, la situación cambia cuando las opiniones, los gestos o las reacciones de los demás adquieren más importancia que el propio criterio. Los patrones adquiridos durante los primeros años suelen persistir y pueden reaparecer después en espacios laborales, incluso si el propósito inicial era mostrar consideración.
La aversión al conflicto constituye otra posible explicación. Una persona puede pedir disculpas con el fin de que un problema desaparezca antes de que escale. De ese modo, toma una responsabilidad que quizá no le corresponde para preservar la calma. La estrategia puede parecer útil en el momento, pero deja intacta la causa del malestar y refuerza la costumbre de ceder.
En la oficina, esa fórmula adquiere consecuencias concretas. Puede proyectar incompetencia, incomodar a compañeros y superiores por su tono autocrítico y afectar la imagen profesional de quien la emplea. El efecto que permanece, de acuerdo con la autora, es el deterioro de la autoestima.
Una disculpa innecesaria puede comunicar falta de confianzaUna de las expresiones más habituales consiste en disculparse por asistir a una reunión ya acordada. Wilding ejemplifica esa situación con alguien que llega al despacho de su jefe a la hora convenida y dice: “Disculpe la interrupción. ¿Está listo para charlar?”.
La frase resulta innecesaria si la otra persona aceptó el encuentro. A la vez, puede comunicar dudas sobre el derecho a ocupar ese espacio, participar en la conversación o pedir atención dentro de los términos establecidos.
Ese patrón también puede surgir cuando ocurre un incidente ajeno. Si un compañero deja caer sus papeles y derrama el café de otra persona, la respuesta automática puede ser: “¡Perdón! Déjame quitar esto de en medio”. La voluntad de ayudar no exige, necesariamente, asumir la culpa.
La repetición de disculpas puede dar una imagen de inseguridad y dudas sobre uno mismo, sobre todo cuando aparecen en intercambios rutinarios, solicitudes legítimas o tareas que forman parte de las responsabilidades del puesto.
La repetición puede vaciar de sentido las palabrasEl segundo riesgo es la falta de sinceridad. Wilding compara el efecto con el de una mentira reiterada: cuando alguien falta a la verdad una y otra vez, pierde credibilidad. Las disculpas usadas sin necesidad pueden producir un resultado parecido.
Cada “lo siento” agregado a una frase extiende el mensaje, le quita claridad y debilita el valor de una expresión que debería reservarse para casos en que existe un daño o una ofensa. Con el tiempo, puede parecer una fórmula mecánica o incluso hipócrita.
Esa pérdida de sentido afecta la comunicación cotidiana. Si una persona se disculpa antes de formular una idea, pedir una respuesta o plantear una diferencia, el interlocutor puede concentrarse en la inseguridad transmitida en lugar de atender al contenido de lo que se dice.
Wilding también señala el problema de la impotencia dentro de una relación laboral. Si solo una persona se disculpa de manera habitual, puede instalarse un desequilibrio de poder que perjudique el vínculo y la percepción que esa persona tiene de sí misma.
En el caso de las mujeres, la autora describe una doble exigencia. Una ejecutiva que se disculpa demasiado puede ser percibida como tímida y quedar al margen de un ascenso por una supuesta falta de condiciones de liderazgo. Pero si expresa sus posiciones de modo directo, puede recibir críticas por ser agresiva.
Las disculpas excesivas pueden afectar la percepción de liderazgo, mientras que la firmeza también puede ser interpretada bajo estándares distintos. Esa tensión deja a muchas profesionales ante una disyuntiva: moderar su voz para evitar rechazo o hablar con claridad y afrontar cuestionamientos por el tono.
La búsqueda de validación externa puede reforzar el ciclo. Al decir “lo siento”, una persona quizá espera una respuesta tranquilizadora del otro lado: “No tienes nada de qué disculparte” o “Hiciste un gran trabajo en esa presentación”. El pedido de perdón funciona entonces como una manera indirecta de solicitar seguridad.
El costo alcanza los valores profesionales. El liderazgo requiere una posición clara sobre aquello que se defiende. Quien se disculpa en exceso puede terminar más pendiente de lo que otros consideran correcto o incorrecto que de su propio criterio. Si esa dinámica se repite, las convicciones personales y profesionales pueden perder fuerza, y la carrera puede alejarse de una misión propia.
Identificar el origen del reflejo permite modificarloWilding propone tres pasos para dejar de recurrir al “lo siento” de forma automática. El primero consiste en revisar cómo la infancia o el desarrollo temprano pudieron contribuir a esa conducta.
Comprender la programación adquirida durante los primeros años, sostiene, permite actuar con más capacidad de decisión. La autora sugiere examinar algunas preguntas: cuál es la primera reacción ante un “no”; si en la familia estaba prohibido o se alentaba defender los propios intereses; si era aceptable expresar una opinión o presentar una versión de los hechos; y qué experiencias influyeron en la manera de afirmarse y de relacionarse con la autoridad, en especial en el trabajo.
El segundo paso consiste en detectar los contextos que activan el impulso. Ciertas personas, estados de ánimo, horarios o situaciones pueden intensificar la conducta. Una persona puede advertir, por ejemplo, que pide más disculpas a determinados colegas que a otros.
Un cliente exigente que reclama plazos imposibles puede elevar el estrés y activar el reflejo de disculparse. Reconocer los factores desencadenantes de las disculpas en exceso permite separar una responsabilidad real de una reacción aprendida.
Sustituir el “lo siento” por una frase clara puede cambiar la conversaciónEl tercer paso es reemplazar las disculpas injustificadas por afirmaciones precisas. La intención no es eliminar toda disculpa verbal. Wilding aclara que pedir perdón puede ser apropiado, sobre todo en vínculos familiares o de amistad, cuando existe una razón concreta.
Como ejemplo, plantea la cancelación de una salida con un amigo. En vez de encadenar frases como “lo siento, lo siento, soy un desastre, lo sé”, propone detenerse y corregir el mensaje: “Sabes, lo que realmente quería decir es gracias por entender. Es una semana muy ajetreada con todas estas fechas límite y agradezco tu flexibilidad”.
La diferencia está en comunicar la situación sin descalificarse. La persona reconoce el cambio de planes, agradece la comprensión y aporta una explicación, pero evita convertir una dificultad puntual en una acusación contra sí misma.
Una disculpa real y efectiva exige asumir la responsabilidad del dañoEl planteo sobre las disculpas innecesarias convive con otra idea: una disculpa sí puede ser necesaria y valiosa cuando hubo una ofensa. Harvard Health Publishing sostiene que, para ser efectiva, debe ser sincera, reconocer que la otra persona se sintió ofendida y asumir responsabilidad por el dolor causado.
La publicación señala que quien pide perdón debe transmitir preocupación por la persona herida y comprometerse a reparar el daño. Eso puede incluir medidas para evitar hechos similares en el futuro.
El psiquiatra Aaron Lazare, exrector y exdecano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Massachusetts, identificó cuatro elementos para una buena disculpa.
El primero es reconocer la ofensa. La persona debe asumir responsabilidad por el daño físico o psicológico y admitir que su conducta no fue aceptable. Lazare recomendaba evitar formulaciones vagas, evasivas o frases que minimicen lo sucedido y pongan en duda el dolor de la víctima.
El segundo punto es explicar qué ocurrió sin usar la explicación como justificación. En algunos casos, según este enfoque, lo más adecuado es admitir que no existe excusa.
El tercero requiere expresar remordimiento. Lamentar el error, reconocer la vergüenza o admitir la humillación puede formar parte de una disculpa sincera.
El cuarto elemento es ofrecer una reparación. Si alguien dañó una propiedad, puede arreglarla o reemplazarla. Si lastimó los sentimientos de otra persona, debe reconocer ese dolor y comprometerse a actuar con más consideración en adelante.
Una disculpa sincera reconoce el daño, expresa remordimiento y ofrece una reparación, mientras que el hábito de pedir perdón por todo puede oscurecer el mensaje, debilitar la propia posición y confundir cortesía con renuncia.