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“¡Ve a morir del dolor y la vergüenza!"

“¡Pues entonces vete!” le gritó la madre en una despedida patética, después que el padre le quitara todo apoyo económico y le rogara que desistiera de su vocación artística, según cuent...

“¡Ve a morir del dolor y la vergüenza!"

“¡Pues entonces vete!” le gritó la madre en una despedida patética, después que el padre le quitara todo apoyo económico y le rogara que desistiera de su vocación artística, según cuent...

“¡Pues entonces vete!” le gritó la madre en una despedida patética, después que el padre le quitara todo apoyo económico y le rogara que desistiera de su vocación artística, según cuenta el compositor en su autobiografía. “¡Ve a arrastraste en el fango de París! ¡Ve a deshonrar tu nombre, a hacernos morir del dolor y la vergüenza a tu padre y a mí!”. Y bajo ese estigma, el pobre Hector Berlioz se embarcó en su música. A propósito del concierto del domingo en el Colón —el debut de Alejo Pérez como director titular de la Orquesta Estable—, vaya esta historia de amor y locura, para quienes la Sinfonía Fantástica aún les resuena.

Después de abandonar los tediosos estudios de medicina y resignarse a aquella ingrata maldición familiar, Berlioz soñaba con el éxito en la Ciudad Luz. Un éxito que, transcurridos varios años, todavía le era esquivo y que en su imaginación se ordenaba en una serie de pasos específicos. Ser admitido en el codiciado Prix de Rome, obtener una beca de cinco años y un viaje por Italia y Alemania, ganar el primer premio del concurso, componer una ópera, convertirla en un suceso, ser condecorado con la Legión de Honor, recibir una pensión del gobierno francés… y así hasta demostrar, a los padres y al mundo, que la decisión de convertirse en músico había sido correcta. Entretanto, surgió la obsesión por una musa inalcanzable y de la mano de su fantasía, la obra más icónica del genio francés.

1827. Mientras descubría las sinfonías de Beethoven y el Fausto de Goethe, el joven Hector asistió a las representaciones shakespearianas de una compañía inglesa de cuya intérprete estrella, ícono del ideal romántico en el París intelectual de aquel entonces —la actriz de origen irlandés llamada Harriet Constance Smithson “Henrietta”—, se enamoró perdidamente. Al punto de sentirse enfermo por ella y obligado por el deseo y por una pasión posesiva, a su más desbordante creatividad musical.

Dicen que dijo, cuando la vio en el papel de Julieta: “Un día me casaré con ella”. Y le escribió a uno de sus amigos: “¡Escúchame bien Ferrand! Si yo consigo a esta mujer, me convertiré en un coloso de la música. ¡No lo dudes! Desde hace un tiempo, tengo en mente una sinfonía descriptiva donde será pintado el desarrollo de esta pasión infernal. Aún no lo puedo escribir, pero está todo en mi cabeza.”

Durante años estuvo sumido en la ilusión de esa mujer que ignoraba los cientos de cartas declarando su admiración. La perseguía, la vigilaba, la imaginaba en sus delirios. “¡Desgraciada! —le confesó al mismo amigo— Si pudiese percibir la inmensidad de esta poesía, volaría a mis brazos a morir de amor”.

Hasta que, a comienzos de 1830, la conoció en persona de manera casual. Y tres años más tarde, él casi con treinta y ella con treinta y tres, la convirtió en su esposa y en la madre de su único hijo, fruto de un vínculo intenso, violento y perturbado. “De un letargo espiritual y mental —como describió uno de sus biógrafos—, cuyo retour à la vie lo llevó a los extremos más violentos”, y a esa primera obra maestra, la Sinfonía Fantástica, que narra la historia de un artista que sueña con asesinar a su amor no correspondido, que es condenado a muerte por ese crimen y asiste como en una orgía diabólica a su propio funeral. Una obra que no en vano ha sido utilizada por el cine para profundizar escenas de tensión, suspenso y terror psicológico. Resplandor de Stanley Kubrik o Durmiendo con el enemigo de Joseph Ruben donde Julia Roberts interpreta a la esposa perfecta que finge su muerte para escapar del marido acosador.

El matrimonio de Berlioz con Henrietta resultó un fracaso. Infidelidades, celos, enfermedades y decepción. Devastada ella en el intento de reconquistar al público. Incomprendido él que no encontraba en la esposa el alma idealizada. La agonía de un amor amargo que como en la música y en la maldición, murió de dolor y vergüenza.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/ve-a-morir-del-dolor-y-la-verguenza-nid08052026/

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